Cuando los resultados no llegan, es fácil cargar contra el entrenador. Es el nombre más visible, el que sale en rueda de prensa, el que recibe los cánticos desde la grada. Pero antes de pedir la cabeza de Alberto González conviene recordar por qué está aquí y por qué el club decidió, el pasado mayo, renovarle hasta 2027.
Alberto llegó al Carlos Belmonte el 27 de marzo de 2024, en la peor situación posible: a diez jornadas del final y en puestos de descenso. La respuesta fue una hazaña que todavía se recuerda en Albacete: cinco victorias consecutivas, récord del club en fútbol profesional, que sirvieron para certificar una salvación que parecía imposible semanas antes. Desde entonces, tres permanencias seguidas, las dos últimas con una tranquilidad clasificatoria notable —la de la 25/26 superó incluso la puntuación del curso anterior antes de disputarse el último partido— y una Copa del Rey que dejó al Belmonte disfrutando de triunfos ante equipos de competición europea. Ese currículo, construido con una plantilla corta y una enfermería que casi nunca ha dado tregua, es el que justificó la renovación. No fue un acto de fe ciega del club: fue, sencillamente, hacer justicia con los números.
Curtido «en el barro»
Y luego está la manera. Alberto se define como alguien que se curtió «en el barro» antes de llegar al fútbol profesional, y repite dos palabras cada vez que habla de su etapa albacetista: agradecimiento y crecimiento. Ha tenido ofertas de otros clubes, lo ha reconocido él mismo en rueda de prensa, y aun así ha elegido quedarse. Y ahora, en medio de un arranque de temporada durísimo, sigue saliendo cada semana a la sala de prensa y a la banda a recibir las críticas de una afición dolida, sin escudarse en nadie. Eso, guste más o menos el fútbol que propone, es valentía.
La pregunta que sobrevuela el Carlos Belmonte es si merece más margen. Y aquí conviene agarrarse a un dato, aunque sea con matices: un estudio reciente sobre la última década en Segunda División recuerda que, desde 2015, 27 equipos han atravesado una situación tan o más crítica que la actual del Alba avanzada la temporada, y que solo dos lograron finalmente la salvación. Son pocos, es cierto —apenas un 7% de éxito según el recuento histórico—, pero existen, y sus historias son las que hoy merece la pena recordar. El Extremadura de la 18/19 llegó a la jornada 31 con solo 30 puntos y sumó 23 de los últimos 33 en juego para certificar la permanencia. El Cartagena, con el mismo casillero de 30 puntos a once jornadas del final, firmó 19 puntos en la recta final para acabar salvándose con comodidad. Son la prueba de que, incluso partiendo de una posición mucho peor que la actual del Albacete —a estas alturas de la 26/27 todavía queda prácticamente toda la Liga por jugar—, remontar no es un imposible, sino algo que ya ha ocurrido.
Y si de precedentes se trata, el mejor lo tiene el propio Alberto: él mismo protagonizó, en este mismo banquillo, una de esas remontadas contra pronóstico. La paciencia, con él, ya dio sus frutos una vez. Puede que vuelva a dárselos. El equipo, desde luego, se merece intentarlo con el técnico que se ha ganado el derecho a seguir al frente, y la afición se merece confiar en que la próxima gran historia de resistencia de la Segunda División pueda escribirse, otra vez, en Albacete.


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